
Hace bastantes años ya que no celebro mi cumpleaños.
Imagino que a algunos os sorprenderá y puede incluso que estéis pensando: “pero este tío… Ni navidades, ni cumpleaños. ¿Acaso está amargado o qué?”
Pues lo cierto es que no. Al menos, yo no me siento amargado. Todo lo contrario. Llevo a cabo un trabajo interno cada día para eliminar cualquier mala actitud por mi parte ante la vida, como la tristeza, la ira, la preocupación, el miedo o la falta de naturalidad. Pero es que, al mismo tiempo, también me gusta plantearme por qué hago las cosas, en lugar de darlo todo por sentado y dejarme llevar por la corriente predominante.
Lo de no celebrar mi cumpleaños es un buen ejemplo de ello. Sencillamente, un buen día, me dio por pensar y llegué a la conclusión de que no tenía ningún motivo para celebrarlo. Si se piensa bien, ¿por qué habría de hacerlo? Una celebración, tal y como yo lo entiendo, es manifestar gratitud y alegría por un acontecimiento puntual en la vida. Y esto es algo que queda desvirtuado cuando, cada año, celebramos nuestra fecha de nacimiento, ciñéndonos, por cierto, a un calendario, el Gregoriano, que tiene cierto grado de imprecisión con respecto al año natural y sus ciclos estacionales.
Piensa, por ejemplo, que el solsticio de verano, este año, cayó en 20 de junio. Pero el año pasado cayó en 21 de junio. Sin embargo, tu cumpleaños, siempre cae, digamos, en 4 de abril, en el mismo punto del calendario Gregoriano.
Cabe añadir que tampoco celebro los cumpleaños de los demás, e intento evitarlos en la medida de lo posible. Las únicas excepciones que considero son los cumpleaños de los niños (para ellos es el día más esperado del año y mis ideas no tienen por qué perjudicarlos) y los cumpleaños de personas muy mayores o que se encuentren muy mal de salud, para quienes haber conseguido permanecer un año más en este plano supone un verdadero motivo de alegría.
Otro motivo por el cual no celebro, ni mi cumpleaños, ni el de los demás, es por el carácter marcadamente consumista del evento. Cada año, toca comprar una tarta, que ni me gusta, ni me apetece, cuando no montar una fiesta o una comida. Eso por no hablar de que, en cierto modo, estás obligando a tus seres más cercanos a comerse la cabeza, buscar y comprarte un regalo, que probablemente, ni quieres, ni necesitas.
Hace mucho ya que salí del bucle de dar y recibir regalos en los cumpleaños. Cuando hago un regalo es porque realmente siento que algo que se ha cruzado en mi camino podría ayudar o hacer feliz a una persona concreta. Ese es, para mí, el verdadero sentido del regalo, presente o don.
Pero la razón más importante de todas por la cual no celebro cumpleaños es (no os ofendáis, ¿vale?) es porque hacerlo me parece profundamente egoico e infantil (en el peor sentido de la palabra) ver a un ser humano adulto reclamando la atención de los demás, simplemente porque la fecha del calendario coincide con la de su nacimiento. Quieren ser los reyes y reinas del día, que les feliciten, que los agasajen con regalos y, lo peor de todo, soplar unas ridículas velitas en una tarta, como cuando eran pequeños, mientras los demás les cantan una canción horrenda, que más que canción, parece un coro de ladridos proferidos por una jauría de perros enajenados.
¿Y todo esto por qué? Por la sencilla y pura razón de que todo el mundo lo hace.
Sinceramente, ése es el peor motivo que conozco para hacer cualquier cosa en este plano. ¿No resultaría más lógico y gratificante, tal vez, celebrar la vida con cada pequeña cosa (o quizá no tan pequeña) de tu día a día? Como el aire puro que respiras en un parque o en la naturaleza, el frescor de la hierba húmeda bajo tus pies, la sensación del agua deslizándose por tu garganta, el sabor y la textura de cada bocado que comes, el amor de tus seres queridos, la risa de un niño pequeño, tus aprendizajes, tus logros, tus fallos también (porque te ayudan a crecer más si cabe), por haber conocido a alguien interesante o divertido, porque has empezado a pensar por cuenta propia o, en definitiva, porque estás vivo y ceres un ser humano único, auténtico e irrepetible.
¿O acaso necesitas que los demás te digan qué celebrar o cuándo y cómo hacerlo?
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